Más allá de la oscuridad: la rehabilitación que devuelve independencia a las personas con discapacidad visual en Bolivia

Durante años, la pérdida de la visión estuvo asociada principalmente a la dependencia y a la necesidad de ayuda constante. Sin embargo, para muchas personas con discapacidad visual, recuperar la autonomía no significa volver a ver, sino aprender nuevas herramientas para desenvolverse, tomar decisiones y continuar construyendo su propio proyecto de vida.

Redactado por: Deseret Cabezas

En Bolivia, alrededor de 7.304 personas viven con discapacidad visual y enfrentan no solo los cambios físicos que implica perder la vista, sino también barreras sociales, emocionales y de accesibilidad que dificultan su desarrollo independiente.

Frente a esta realidad, el Instituto Boliviano de la Ceguera (IBC) trabaja en procesos de afiliación y rehabilitación orientados a que las personas ciegas puedan adquirir herramientas para desenvolverse en su vida diaria y recuperar independencia.

Una institución creada para acompañar la rehabilitación de discapacitados visuales

El Instituto Boliviano de la Ceguera fue creado bajo la Ley del 22 de enero de 1957, normativa que establece su funcionamiento y rol como institución encargada de trabajar en beneficio de las personas con discapacidad visual.

Actualmente, el IBC es una entidad gubernamental dependiente del Ministerio de Salud, pero con administración descentralizada. Las personas inscritas a las capacitaciones no pagan monto alguno al ser una institución dependiendo del órgano ejecutivo. Su trabajo se enfoca en la afiliación de personas con ceguera legal y en procesos de rehabilitación básica funcional.

De acuerdo con información institucional, el establecimiento cuenta con 7.304 personas afiliadas en Bolivia entre personas con ceguera total y personas con baja visión, quienes acceden a diferentes servicios según sus necesidades.

Del diagnóstico a la rehabilitación: el primer paso para recuperar autonomía

La directora del Instituto Boliviano de la Ceguera, Ilse Ángela Espinoza, explica que una persona puede llegar al instituto por diferentes causas: enfermedades degenerativas, accidentes o condiciones congénitas.

El proceso inicia cuando un especialista en oftalmología determina que la persona presenta ceguera legal irreversible en ambos ojos. Posteriormente, se procede a la afiliación mediante formularios institucionales, entrevistas sociales y la entrega del carnet correspondiente.

Concluido este registro, comienza la rehabilitación básica funcional en los centros Luis Braille o Santa Cecilia, donde los usuarios adquieren herramientas esenciales para desenvolverse con mayor independencia.

Entre las áreas principales se encuentran:

Orientación y movilidad: aprendizaje del uso del bastón blanco y técnicas de desplazamiento seguro.

Actividades de la vida diaria: herramientas para cocinar, organizar el hogar y realizar actividades cotidianas.

Comunicación: aprendizaje del sistema Braille, uso del ábaco y herramientas tecnológicas accesibles.

 

Expresión y creatividad: actividades que fortalecen habilidades táctiles, espaciales y sociales

Espinoza explica que el tiempo de rehabilitación depende de cada persona. Algunas logran completar su proceso aproximadamente en seis meses, mientras que otras pueden requerir uno o dos años, especialmente cuando existen otros factores asociados como la edad o alguna discapacidad adicional.

Al finalizar, el instituto entrega una certificación que acredita que la persona adquirió herramientas para desenvolverse de manera independiente y continuar con nuevos objetivos educativos, laborales o personales.

La rehabilitación también comienza desde las emociones

Más allá de aprender a usar un bastón o leer braille, la rehabilitación implica enfrentar un proceso emocional. La pérdida de la visión representa un cambio profundo en la vida de una persona y requiere adaptación, acompañamiento y reconstrucción de confianza.

En este proceso, la mirada profesional y la experiencia personal se encuentran en la historia de Nicole Yanatelli, psicóloga y activista vinculada al trabajo por los derechos de las personas con discapacidad visual.

Desde su formación profesional, Nicole acompaña procesos relacionados con discapacidad y comprende que perder la visión no significa únicamente dejar de ver, sino enfrentar una nueva manera de relacionarse con el mundo.

Ella explica que muchas personas atraviesan inicialmente un proceso de duelo, porque la pérdida visual puede cambiar rutinas, actividades, proyectos y hasta la percepción que tienen sobre sí mismas.

“Hay un proceso donde la persona tiene que volver a reconstruirse, porque no solamente pierde la visión, también cambia la forma en la que hacía sus actividades y cómo se desenvolvía en su entorno”, explica.

Para Nicole, el acompañamiento emocional es una parte fundamental dentro de la rehabilitación. Antes de aprender técnicas de movilidad o herramientas de comunicación, muchas personas necesitan recuperar la confianza en sus propias capacidades.

También destaca el papel de la familia durante este proceso. Aunque el apoyo familiar es importante, señala que muchas veces, desde el amor y la preocupación, las familias pueden caer en la sobreprotección.

Cuando una persona pierde la visión, el objetivo no debe ser hacer todo por ella, sino acompañarla para que pueda aprender nuevamente cómo realizar sus actividades de manera independiente.

“La familia tiene que entender que ayudar no significa limitar. A veces queremos proteger tanto a la persona que terminamos quitándole la oportunidad de aprender”, señala.

Desde esta mirada, la rehabilitación busca cambiar la percepción sobre la discapacidad: no se trata de una persona que necesita que otros vivan por ella, sino de una persona que puede desarrollar nuevas habilidades con los apoyos adecuados.

Vivir la discapacidad más allá de la teoría

Nicole combina su formación profesional con su experiencia personal para acompañar procesos de inclusión.

Además de su experiencia profesional, Nicole también habla desde un lugar personal: como una persona con discapacidad visual que ha enfrentado sus propios retos dentro de una sociedad que todavía presenta barreras para la inclusión.

Desde su experiencia, explica que muchas dificultades no nacen únicamente de la pérdida de visión, sino de un entorno que todavía no está completamente preparado.

Uno de los principales obstáculos se encuentra en espacios cotidianos: calles con poca accesibilidad, obstáculos arquitectónicos, falta de información y personas que desean ayudar, pero que muchas veces no saben cómo hacerlo correctamente.

Para Nicole, la discapacidad no debe entenderse desde la dependencia, sino desde la autonomía y los derechos.

Por ello destaca la importancia de los espacios que buscan fortalecer la vida independiente, donde las personas con discapacidad puedan aprender a tomar decisiones, administrar sus recursos, buscar oportunidades y construir su propio camino.

Una historia de adaptación, fe e independencia

La historia de Virginia Auza Álvarez representa el resultado de un proceso de rehabilitación y transformación personal.

Antes de perder completamente la visión, Virginia enfrentó durante años problemas relacionados con su vista. En 1978 fue operada por un desprendimiento de retina en el ojo derecho y años después, en 1998, atravesó nuevas cirugías por desprendimiento de retina en el ojo izquierdo.

Con el paso del tiempo, su visión fue disminuyendo hasta convertirse en una persona ciega.

Ella recuerda que ese cambio representó un momento difícil.

“Al principio viene un trauma psicológico, un trauma físico, pero como siempre se dan las oportunidades, con la ayuda de nuestro Padre Celestial uno puede salir a flote y vencer todo obstáculo”, cuenta.

Su llegada al Instituto Boliviano de la Ceguera significó encontrar un espacio donde no solo aprendió nuevas herramientas, sino donde recuperó seguridad para continuar con su vida.

Durante su rehabilitación aprendió orientación y movilidad, técnicas de desplazamiento con bastón, Braille, actividades de la vida diaria y diferentes estrategias para desenvolverse sola.

Entre los aprendizajes que más marcaron su proceso estuvieron actividades que antes parecían difíciles de realizar sin visión: cocinar, lavar, organizar su hogar, leer, escribir y movilizarse por diferentes espacios.

Cada paso refleja el proceso de adaptación y autonomía que logró a través de la rehabilitación.

El braille se convirtió en una herramienta para fortalecer su independencia y comunicación.

El bastón es muy necesario. Uno aprende cómo utilizarlo, cómo moverlo de izquierda a derecha para poder desplazarse de manera segura”, explica.

Virginia también aprendió que la independencia está en los pequeños detalles de la vida diaria.

Hoy puede cocinar utilizando el tacto, el olfato y otros sentidos para reconocer texturas, temperaturas y estados de los alimentos.

“Los ojitos faltan, pero tenemos, gracias a Dios, desarrollados todos estos sentidos: el oído, el tacto, el gusto, el olfato”, afirma.

Para ella, la rehabilitación no solamente le enseñó técnicas, sino que le devolvió la confianza para seguir adelante.

Actualmente, Virginia continúa desarrollando actividades que forman parte de su vida diaria y también comparte su experiencia para motivar a otras personas.

Desde su perspectiva, una persona que pierde la visión necesita conocer que la vida no termina con el diagnóstico.

Que la vida no se acaba ahí. “Mientras hay vida, hay esperanza, hay fe y hay confianza”, expresa.

También considera importante ampliar las oportunidades de rehabilitación, especialmente para personas adultas mayores que pierden la visión y que muchas veces no pueden acceder a estos procesos.

Para Virginia, ayudar a otras personas también forma parte de su propósito: compartir lo que aprendió para que otros puedan descubrir que es posible volver a caminar, desenvolverse y construir una vida independiente.

El reto pendiente: una sociedad preparada para la inclusión

La rehabilitación permite que muchas personas recuperen autonomía, pero todavía existen desafíos que van más allá de los centros especializados.

Las barreras arquitectónicas, la falta de accesibilidad y el desconocimiento social continúan dificultando la participación plena de las personas con discapacidad visual.

El desafío no solo está en enseñar nuevas herramientas a quienes pierden la visión, sino también en construir espacios donde puedan utilizarlas.

Porque la verdadera inclusión no significa hacer las cosas por una persona con discapacidad, sino crear las condiciones para que pueda decidir, participar y vivir con independencia.

El trabajo del Instituto Boliviano de la Ceguera demuestra que la rehabilitación puede convertirse en una puerta hacia nuevas oportunidades, al brindar herramientas que permiten a las personas desenvolverse en su vida diaria y construir nuevos proyectos personales.

Desde la mirada de Nicole Yanatelli, este proceso también debe considerar la parte emocional, porque recuperar la confianza y reconocer las propias capacidades es parte fundamental del camino hacia la autonomía.

La historia de Virginia refleja ese resultado: una persona que, después de enfrentar la pérdida progresiva de la visión, encontró en la rehabilitación nuevas formas de leer, movilizarse, realizar actividades cotidianas y continuar con su vida.

Sin embargo, la inclusión busca crear espacios accesibles, eliminar barreras y conocer las herramientas adecuadas de apoyo, pasos necesarios para que más personas puedan vivir con independencia.